Hola tú, hace muchísimos días que no te has sentado a escribir esta
especie de diario que tienes aquí. Te cuento que te hacía mucha falta y además,
obviamente, deberías estar avanzando con otras cosas pero esto es importante.
¿Oké? Oké.
Me encanta pensarme. Hace mucho que lo hago y honestamente me parece
bastante enriquecedor. Me gusta saber cómo soy, si la forma en la que
actúo/actué es la adecuada, si me agrada ser así, si es circunstancial o si he
ido cambiando con el paso de los años y no lo había notado. Todo eso me parece
fascinante, es darse un respiro del día a día y tratar de conocerse para poder
quererse un poco más. A veces con el apuro, nos despertamos, corremos,
“vivimos”, nos acostamos y repetimos el día. Una y otra vez. No quiero llegar a
tener cuarenta años y descubrir que nunca pude detenerme un segundo a pensarme
y quererme como soy. Entonze*, ésta es la oportunidad de recordarte algo que tuviste
en la cabeza últimamente.
[*Todo lo que escribes tiene un por qué. Espero que sepas por qué
estás escribiendo así.]
¿Te acuerdas que te gusta mucho la honestidad? Bueno, te sigue
gustando.
Es uno de los valores que más rescato de las personas. Detesto que me
mientan, soy de las personas que creen que es mejor una verdad que duela a tener
una mentira que te haga sentir bien por un tiempo. Ahora, esto tiene un origen
un poco confuso creo. Lo he pensado y me parece que tiene que ver con las
promesas no cumplidas a lo largo de mi vida. Entonces, es claro que cuando
alguien es trescientos por ciento honesto conmigo, simplemente es una cosa
bella.
Claro, eso es lo que creías hasta este momento y me he sorprendido a
mí misma en estas últimas semanas. He notado que he reaccionado de una forma
inesperada para mi ser. Sabes que tienes una cuestión muy rara con esto de ser
predecible y ser una loca calata. Hasta ahora no he podido encontrar el punto
medio. Creo. De repente, sí. Dejo una nota mental de que eso debo pensarlo
jajaja.
Voy a describirte la situación.
Sucede cuando te decepcionas de alguien. Te enteras de algo que nunca
esperaste saber y deseas desde el fondo de tu frío corazón que sea mentira.
Claro, hay una diferencia entre querer que sea mentira y querer que te mientan
para justificar tu estupidez creyendo una mentira. Mi cabeza, razonable como
ella sola, se situó en el segundo caso. ¿Por qué? Porque Claudia Saldaña.
De pronto, te encuentras rogándole al cielo que te mientan para evitar
que tu corazón se destroce en quinientos veintiocho pedacitos de forma
irregular que serán difíciles de pegar con goma.
Así, algo que jamás pensé que me pasaría, pasó. No quiero la verdad.
No quiero la verdad porque ésa verdad es fea, duele, mala, no se toca. Y es
estúpido. Según la Claudia que conozco, ésa no puede ser la reacción correcta
en ningún supuesto. LA VERDAD TE HARÁ LIBRE. Me dije una vez y me lo he
repetido desde siempre. Sin embargo, esta Claudia estaba esperando tapar lo
evidente con un dedo. Espero que ya no te pase pero te cuento que quise
olvidarme de las pruebas y creer en palabras. YO, Claudia Saldaña. YO que
SIEMPRE he dicho: “Hechos, no palabras.”
Como podrás notar, me desconocí.
Mi cerebro está pasando por un proceso de desahuevamiento en el que
sueño y deseo con todo mi corazón, ir a una tierra lejana volando en un dragón.
Cristina, quien sabes que es la racional en tu vida, te ha cacheteado y
obviamente no te dejó llegar a un nivel de estupidez estratosférico tal que
creerías algo que es mentira (a todas luces). Porque estar un poco tonto puede
pasarle a cualquiera pero llegar a serlo es un paso que no vamos a dar.
Ahora, esto me ha parecido una cuestión algo alarmante como te darás
cuenta. De otra forma, no lo hubiera escrito. Es que siempre me he situado en
el supuesto 1, querer que algo sea mentira, pero NUNCA querer que me mientan.
Así que bueno, te lo cuento porque no quiero que se repita. Y además,
necesitaba sacarlo de mi cabeza.
Por cierto, comienzo a dudar de que nunca me haya pasado antes. Es que
soy bastante fría; por ende, la verdad es mejor aunque duela. Pero, ¿Cuándo quieres
ser un poco nena y desear que nada haga daño? Pues se prefiere la mentira. Qué horrible,
¿no?